Uno de mis días fijando la vista a un punto ciego, en un fracasado intento de desconectar el cerebro, me vino la idea del tiempo.
Ese que a menudo paso mirando al infinito en una retórica búsqueda del sentido de las cosas que me van mal.
Tiempo.
Al final nos parece que todo se reduce a él.
Somos animales alimentados de mentiras y ego , reducimos nuestras capacidades a un sencillo y precioso Tic, Tac.
Maldecimos el tiempo porque no nos da tregua, ni nos deja hacer lo que en realidad queremos ni estar con las personas que nos gustaría.
Nos presiona, nos angustia, nos pone límites en una gris monotonía insoportable y hace que intentemos llenar las rejillas de escaso sobrante de actividades supuestamente gratificantes.
Sin embargo recuerdo aquella historia que un profesor me contó de pequeña, donde preguntaban a una mariposa que sólo existía durante 48 horas si el árbol en el que vivía había cambiado.
Su respuesta fue:" -No, porque yo llevo aquí toda la vida y siempre ha sido igual-".
Entonces sonríes sintiéndote un ser superior; pobre mariposa.
Sin embargo... ¿No se vislumbra aquí la relatividad de la cuestión?
Pobres de nosotros, castigados por un motor que no pedimos a un ritmo no deseado. Pero... ¿Quién marcó ese ritmo sino nosotros mismos?
Elegimos culpar a los granos de arena bajando por el cristal.
Qué cruel es el tiempo, cómo pasa.
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