Nunca imaginé que tú; fantasma de mi pasado, volvieras a aparecer.
Lo haces con esa familiaridad y certidumbre de los buenos amigos que hace mucho que no se ven, pero que se encuentran y es como si el tiempo no hubiese pasado.
Y hablan entre sonrisas y guiños de sus aventuras y de cómo la vida no les ha cambiado la esencia.
Con la misma confianza del que no se ve desde ayer.
Pero yo no siento lo mismo. Y, sinceramente, no es que lo lamente.
Me costó llorar mucho el librarme de aquel lastre que suponía el odio que sentía hacia tí.
De aquella desdicha que me creaste robándome esa parte de mi preciosa infancia.
Que por tu culpa siempre será amarga.
Lo había conseguido, pasar página a una parte de mi vida que NO QUIERO RECORDAR,
casi había logrado borrarla de mi memoria, o por lo menos el dolor se hacía más leve.
Ya no te despreciaba.
Ni soñaba contigo ni las hogueras inquisitivas que tu recuerdo y todo lo que eras tú me evocaban.
Ese sentimiento rastrero del rencor que hace tanto mal, había sido mitigado después de mucho esfuerzo...
Ahora vuelves a buscarme , después de 17 años de pesadillas a la espalda,
apareces de la nada esperando mi palabra amable,
deseando fundirte en un abrazo conmigo y recordar todo lo bueno que pudimos vivir.
Como si todos mis pesares no hubiesen tenido lugar, o no hubieran sido importantes.
Como si el paso del tiempo lo perdonara todo...
Y ese dolor oculto en mi pecho, escondido, brota de nuevo,
y me angustia y oprime el corazón otra vez, igual de fuerte que entonces.
Pero ya no te desprecio lo suficiente como para darte la espalda.
Quiero intentar que el resentimiento no se adueñe de mí otra vez.
Demostrarme que puedo controlar ésto.
No esperes, a priori grandes cosas de mí, aparte de la cordialidad.
Por lo menos hasta que me acostumbre a verte otra vez sin que el corazón me lata fuerte en la garganta...
Como si fueses la persona nueva que probablemente serás.
Igual que yo.
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