Él avisaba que no podía dar nada.
Intentaba ocultar sus nervios jugueteando con la servilleta de papel, pero el ansia y el montón de papelitos hechos un nudo lo delataban.
Entonces apareció con la mueca en los labios más bonita que tenía, natural y brillante, buscándolo con luz en los ojos sonrientes.
Apenas podían mirarse sin temblar, qué torpes eran las palabras, los primeros gestos... y es que la impaciencia se los comía , disimulaban aunque ya ni sabían quienes eran ni dónde estaban, ya sólo existían ellos y aquella mesa de la cafetería adornada de papelitos.
Un roce en una mano y miradas sincronizadas fueron señal suficiente para perderse y aparecer en una nube mareante y extasiante de mordiscos, saliva y piel.
Él hundía la cabeza entre sus piernas como si quisiera hacerse con su vida desde dentro. Y ella sentía que se le escapaba el aliento entre gemidos.
Y se perdieron... durante el tiempo que pudieron fueron una tormenta de espaldas y labios. Aprovechando cada pelo erizado, cada suspiro , cada embestida suave y fuerte de sus cuerpos enajenados por el placer.
Cuando la oleada de sexo terminó, se miraban prometiendo cosas que nunca cumplirían, se besaban, se comían... aunque sabían que lo más probable era que todo aquello no se volviera a repetir se empeñaban en decirse palabras bonitas y hacerse gestos de amor.
Él dijo que le daría lo que pidiera, ella contestó que él era su sueño.
Pero ella no era romántica y él no podía dar nada.

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